CARTAS A MÍ MISMO
EPISODIO I
LA SOLEDAD
Mírate en este espacio no habitado por nadie más que tú. Obsérvate sólo, inundado de nada, chapoteando sueños que no recuerdas y abrevando en cielos nocturnos sin estrellas, de un negro infinito y mudez añil; como añil es el tono de la piel fría de tu cuerpo entre gasas blancas que ahogaron tus esperanzas.
Y tú descansas apaciblemente sin tomar cuenta de tu silencio. Has perdido totalmente tu memoria. Yo aún no. Y te sacudo y grito, pero no me escuchas. Sordos y fatuos mis intentos por recuperar al menos alguna mueca que alimente mi anhelo de no perderlo todo.
Otoñales hojas caen contigo al unísono y no reflejas espanto. No te inquietan voces ni gemidos. Tampoco la celeste lidia de tu esencia. Pugna en que se debate lo que fuiste, eres y la quimera que serás.
La multitud, llora gotas de tristeza mezcladas con perfume a claveles. Y por detrás, azufre y rosas se disputan tu aliento; tirando de tus no natos atavíos y desgarrando los hilos de tu ajeno recuerdo.
Sólo te mantienes flemático esperando el juicio del Perfecto. Este juicio que demora y no parece importarle tus migas y que tampoco muestras que duele.
No desesperes te digo. Y no te enteras de mi intento.
Tu insolente indiferencia me hiere sutilmente y roba algún sollozo de lo que fuiste. Sólo me quedan tu risa y llanto, tu alegría y pena, además de tu inquebrantable fe en mí. Fe que no traicionaré aunque parta contigo.
Ya no encuentras hierba que pisar ni agua que refresque. Mansamente recoges tus medallas, ofrecidas por quienes te aman y, sin poder congraciarte de ellas, demuestras tu elegante y solemne arrogancia.
Lo que acredites se te dará y lo que adeudas te quitarán. No parece preocuparte el detalle. Sólo observo que pretendes mantenerte sumido en una incomprensible bienaventuranza, simpatía que parece no arribar y no cambia el frío de tu tez.
No puedo permitirlo, me digo. Me arde la piel de indignación ante soez respuesta tuya y, vuelvo a sacudirte en bramidos exagerados. Aún no consigo nada.
Mi padre sólo me dio su ye y algún ingenuo consejo alentador. El resto fue mi audaz desempeño y la creación de vida sobre mi marcha.
No recuerdo caricia de mi madre o cuando niño algún beso suyo. No sé si mi recuerdo me enreda tramposamente cubriendo deliberadamente memorias que no conozco.
Ahora callas y estoy cansado de insistir. Ya te he suplicado y revelaste parca tu apatía. Tu abulia subyace a mi requerida atención. Nos amamos desde el principio cuando la luz no era.
Solos de soledad absoluta hemos quedado los dos y nadie asiste o escucha siquiera tu silencio, que además, me tiene con cuidado puesto que uno somos.
Estabas sólo, y ahora, acompañado por mí, te ríes sin guiño. Yo me voy y tú te quedas. El hades se anuncia y nos solicita a ambos: A mí tu cuerpo y a ti mi alma.
El autor del texto es
Jorge Luis Borges
No hay comentarios:
Publicar un comentario